Tu silencio es el arma que mata mi cordura;
tu silencio arrebata,
cuando callas, me abrumas.
Y me matas, con ganas, con la sangre muy fría
por ser tu voz tan tuya, huyendo de la mía
que te dijo con causa lo que a nadie diría.

¡Qué malvada, qué impía la razón que reprime
a esa boca sublime ante la boca mía!

¡Ay, me mata… me mata!
Se me escapa la vida sin que te tiemble nada,
con la mente calmada, me mata, ¡ay, me mata!
Me confina al abismo, a la nada, a mí mismo,
sin exequias, ni rosas, ni tu sonrisa hermosa
que sin decir palabra, es un “abracadabra”
que me hechiza y acosa.

Tu silencio me mata,
¡Por Dios, no hagas tal cosa!
No me arranques los sueños,
no me prives del aire,
no me dañes, no empañes el brillo de mis ojos.
Yo prefiero el enojo de una lengua asesina
a aquella que termina poniéndose cerrojos.